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LA CAZA DE BALLENAS EN AGUAS IBÉRICASDurante el siglo XX se ha desarrollado en Galicia una importante actividad ballenera. Este tuvo su procedencia en la realizada desde los siglos XI al XVIII en distintos puertos gallegos, as como desde otros de la costa cantbrica. La actividad gallega tuvo dos perodos de tiempo definidos: de 1924 a 1927; y el segundo desde 1951 a 1985, al aplicarse la moratoria sobre la caza comercial. Para muchos vecinos de Cee, Canelias (Gures) es un pequeo paraso.
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Durante el siglo XX se ha desarrollado en Galicia una importante actividad ballenera. Este tuvo su procedencia en la realizada desde los siglos XI al XVIII en distintos puertos gallegos, así como desde otros de la costa cantábrica. La actividad gallega tuvo dos períodos de tiempo definidos: de 1924 a 1927; y el segundo desde 1951 a 1985, al aplicarse la moratoria sobre la caza comercial.

Para muchos vecinos de Cee, Caneliñas (Gures) es un pequeño paraíso. Para otros muchos no es más que un lugar en el que una promotora quiso construir chalés y otra, ahora, pretende instalar un hotel. Pero también hay muchos, sobre todo de cierta edad, para los que Caneliñas evoca otro tipo de recuerdos. Allí estuvo ubicada una ballenera que durante buena parte del siglo XX se dedicó al procesado y venta de cetáceos. En los mejores tiempos, en los años 50 y 60, llegaron a trabajar allí hasta medio centenar de vecinos. Dos de ellos, Julio Arias y Pedro Ares, recuerdan, paseando por los restos de la antigua fábrica, cómo fueron aquellos tiempos. Arias pasó 25 años y allí y Ares, más de 30. Ellos son dos, pero hubo muchos más. Durante un tiempo cierto número de trabajadores vivió en la propia planta, hasta que la prohibición de la caza de ballenas dio al traste con la empresa, en 1986. Hoy, en Caneliñas, solo vive una vecina y de los restos de la empresa solo quedan las ruinas. Todo empezó, explican Pedro y Julio ejerciendo de guías, con una compañía de capital noruego, que fue la primera en operar allí. Lo hizo, en efecto, entre 1924 y 1927, según cuenta en su libro La caza de las ballenas en aguas ibéricas Héctor Quiroga, bajo el nombre Compañía Ballenera Española. Julio muestra en el lugar un viejo mojón de piedra con las siglas de la empresa gravadas. Aquella empresa tenía también socios españoles e ingleses, pero es posible que ya la utilizaran antes de 1924 los noruegos, que dejaron allí una serie de edificios de piedra e instalaciones portuarias de las que aún quedan restos. El cambio a la IBSA Pero aquellos lejanos años quedan lejos. Pedro y Julio son de la segunda experiencia empresarial, la más larga. Después de varios años sin actividad, un grupo de armadores coruñeses volvieron a abrir Caneliñas con una nueva empresa, Industrias Balleneras Sociedad Anónima, la IBSA. El primer cetáceo fue despedazado y vendido en las renovadas instalaciones en 1952. Dos años después Pedro Ares entraba a trabajar allí como electricista, pero también echando una mano con los animales cuando hacía falta. Julio Arias entraría en la fábrica en 1960 para llevar la contabilidad y acabaría siendo jefe de producción. La vida como trabajadores de la IBSA, cuentan, no era mala. «Sacábase un soldo estupendo, con cada balea os traballadores podía saír con mil duros no peto», cuenta Arias. Y el trabajo, además, se hacía rápido. Cuando llegaba un barco -al principio hubo dos, el Caneliñas y El Temerario - se avisaba a los empleados si en ese momento no se encontraban en horario de trabajo. Los buques llegaban con los animales pegados a sus costados y no tenían mucho tiempo, desde la captura, para volver a puerto, porque a las 15 horas la carne empezaba a estropearse. En unas tres horas un animal de 18 metros y varias toneladas de peso quedaba troceado y listo para su venta. Trabajaban en ello 18 hombres y 14 o 15 mujeres. Eran vecinos de O Pindo, O Ézaro, Gures. Pero no solo los dos barcos de la IBSA llegaban a ese puerto. Otro que lo hacía de vez en cuando era el Azor , el yate de Franco, desde el que el dictador cazaba cachalotes que después se despedazaban en Caneliñas. También pasó por allí varias veces otro gran aficionado a la pesca, Santiago Bernabeu, a quien los dos recuerdan con cariño. Hasta 200 ballenas al año pasaban por allí, cuentan Julio y Pedro mientras explican, sobre el lugar, cómo funcionaba la rampa y cómo se llevaban tirados por un cable, los ejemplares a la nave de despiece. Una pequeña caseta en el punto más alejado de la ballenera era, explica Julio Arias, el polvorín. Allí se guardaba la munición -importada de Alemania en los años 30- con la que se disparaban los arpones desde el cañón de proa de los barcos. Cada arpón pesaba 70 kilos. Dicen que no fueron los pescadores los que mermaron el número de ballenas en el Atlántico. Según Arias, los animales fueron sistemáticamente aniquilados durante la Segunda Guerra Mundial por su parecido con los submarinos. Antes de cerciorarse de lo que eran, por si acaso, les pegaban un cañonazo. Los viejos barcos fueron sustituidos por otros tres de nueva factura los IBSA . En los 70 ya había cupos para la caza, muchos controles y nuevos clientes. Si antes hubo en Gures vecinos noruegos, por entonces llegaron japoneses. Ellos fueron los últimos clientes. Fue entonces cuando se hizo la última reforma de las instalaciones. Hoy poco queda de ellas. Algunas barbas pueden verse todavía por la zona. Los primeros edificios tienen sus cubiertas hundidas y parte de los últimos que se levantaron padecen también los rigores del tiempo. Sin huellas del pasado Las miles de ballenas que por allí pasaron fueron un medio de vida para muchos vecinos, pero nada queda en Cee que recuerda aquellos tiempos. No hay un museo con restos de huesos ni de ningún otro elemento. Solo conserva fotos quien las hizo. Y los recuerdos. Tanto a Pedro como a Julio les gustaba mucho la carne de ballena. Curiosamente, dicen, no sabía a pescado, sino a ternera. Si a uno se la sirven rebozada, dicen, no la puede distinguir del cuadrúpedo. Pero son solo recuerdos. En 1986 la fábrica pasó a mejor vida y no quedó otra que comer ternera. Ya no volvió a haber intentos de abrir aquello ni de reconvertirlo en otra industria. Las viejas naves, sin mantenimiento alguno, acabarán cayendo. Tal vez el futuro pase por esos planes de urbanización que suenan desde hace años. Eso sí, avisa Julio Arias, que se preparen los inquilinos porque el viento, cuando sopla, es de los duros en Caneliñas. La Voz de Galicia 1/03/2009

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LA CAZA DE BALLENAS EN AGUAS IBÉRICAS

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